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Último número
editorial
N° 199
JUNIO 2012

Esta edición de ARKINKA trata sobre edificios de uso educativo, un género crucial para ponerse a tono con los requerimientos de un orden global que indudablemente ha evolucionado respecto a los valores que deben proveer separar alcanzar el éxito personal o social, situando a la educación como el factor crucial para el efectivo Desarrollo en cualquier sociedad.

Alcanzar esta meta requiere, por supuesto, no sólo construir edificios hermosos, confortables y útiles. Exige además forjar buenos maestros, dotar a la docencia con un prestigio acorde con su real importancia, lo que por cierto implica fijar unos estándares de calidad docente que estén a la altura de un rango educativo tan competitivo como el que predomine en un mundo global cada vez más amplio y confrontacional.

Esta necesidad, que como tantas otras tendrían que ser atendidas en forma prioritaria y en todas las instancias del orden estatal, tendría que incidir en la arquitectura como una demanda que produzca edificios para la amplia gama de la obra construida que reclama el género. La prioridad, por tanto, de forjar profesores que efectivamente se encuentren a la altura de la pedagogía que compete a un mundo tan complejo y global como el que habitamos, exige igualmente dotarla de edificios que encarnen la importancia de este servicio básico, una condición que la arquitectura tendría que abordar con creatividad e inteligentemente, a efectos de dotar a sus ciudadanías con referentes públicos que encarnen cabalmente no sólo el alto rango que la educación tiene en la actualidad como instrumento sustancial para alcanzar el desarrollo sino como un factor de aglutinación y cohesión social dentro de un vecindario.

Un local escolar ha dejado de ser contemporáneamente tan sólo un colegio. Es un enclave múltiple que debiera aportar al tejido social que emplean sus servicios una diversidad funcional, cultural, recreativa y cívica que les aporte una identidad emocional y pública que brinde el sustento de un ambiente social acogedor y útil. Para que una escuela logre esta dimensión tan crucial y versátil se requiere por cierto que tanto el alumnado como sus vecindarios vean representados estos valores cívicos en sus instalaciones. Este aspecto clave para el desempeño de su rol ciudadano ineludiblemente requiere proveerlo de buena arquitectura, una condición básica que a su vez presupone que las autoridades que deben dispensarlo vean con claridad el valor trascendente que tiene el concebir al local escolar como un edificio socialmente simbólico. Desde hace varias décadas aquellos países que ya han alcanzado o están encaminadas a lograr el progreso afrontan este asunto recurriendo a los concursos públicos como un instrumento que difunde y propicia la participación de la ciudadanía en un tema entendido como una expresión -quien sabe la más alta- de la encarnación efectiva visible del orden democrático.

Por cierto, no es esta la experiencia de la educación en el caso peruano. Nunca en el Perú el tema educativo ha merecido un trato arquitectónico plural y democrático. Un síntoma indudable que al gobierno peruano el tema educativo le importa aun muy poco.