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N° 175
JUNIO 2010

Los primeros escarceos en torno a las próximas elecciones municipales son un anticipo de la reiteración de uno de los mayores defectos del ejercicio electoral en nuestra incipiente democracia: el que el surgimiento de los candidatos a las circunscripciones distritales o provinciales ocurra con la notoria prescindencia de programas municipales previamente elaborados con miras a ofrecer a nuestra ciudadanía soluciones a los dramáticos problemas vecinales o metropolitanos que padecen nuestras ciudades. Reiterando un defecto que parece haberse tornado crónico y que la opinión pública – encarnada sobre todo en los periódicos y en una televisión que salvo ocasional o muy superficialmente informa sobre los fundamentos de la abrumadora carestía de servicios que padecen nuestras poblaciones – el advenimiento de los candidatos se presenta como el inicio de la gestación de un evento meramente social, una confrontación entre los rasgos carismáticos, atractivos personales o trayectorias políticas de los aspirantes, con prescindencia de ofertas programáticas, diagnósticos de los problemas urbanísticos predominantes en las circunscripciones, o de las competencias que detenten para asumir una responsabilidad tan delicada como la que implica conducir los designios de gobiernos locales de cuya eficiencia depende la vida cotidiana de los ciudadanos.

Siendo rigurosamente desapasionados y objetivos, quienes nos preocupamos por la irresponsabilidad con que la prensa suele tratar los temas electorales – abdicando de exigir que los candidatos demuestren estar capacitados para los cargos que postulan, y que cuenten con planes debidamente estudiados para superar los problemas  técnicos, económicos, sociales, culturales o éticos que aquejen a sus pobladores – o por la apatía con que nuestros electores afrontan las consecuencias del sufragio, vemos con legítima inquietud que también en la próxima contienda cívica las graves deficiencias de nuestros servicios son solo abordadas genéricamente, usualmente reiterando las retóricas demagógicas o insustanciales con que los candidatos suelen disimular su falta de preparación para los cargos a los que aspiran.

Frecuentemente en esta columna se ha insistido en lo injustificado que es que nuestras ciudades carezcan de servicios básicos: que seamos uno de los pocos países del mundo en que no se cuente con transporte público masivo; que los distritos donde habitan los pobladores de menores recursos no cuenten con servicios de seguridad ni con alumbrado público eficaz; que el suministro de agua siga siendo escaso; que la remoción de desperdicios sea inexistente o deficiente;  que no haya parques o que se pretenda reemplazarlos por escuálidas losas deportivas; que no cuenten con bibliotecas ni guarderías. En tras palabras que la vida urbana, que debiera encarnar en el mundo contemporáneo la expresión tangible del adelanto democrático, sea para la mayoría de los peruanos un motivo de desgaste, inseguridad, incomodidad y fealdad.

Se ha insistido también muchas veces en la importancia de que se reestructure el sistema de nuestros gobiernos municipales, no sólo para evitar la dispersión actual que causa tanta ineficiencia y desperdicio, sino para exigir que operen en base a organismos técnicos estables y competentes sujetos a planes urbanos debidamente concebidos y gestionados, a fin de que la tarea gubernamental de los alcaldes y regidores no se traduzca a motivaciones instintivas o productos del cálculo político.

En octubre de este año los peruanos volverán a elegir a sus autoridades municipales. Tienen derecho a ser informados por la prensa respecto a los planes de gobierno que aporten los candidatos. Elegirán nuevamente autoridades incompetentes que postergarán otra vez la urgencia de reformar a nuestros ineficientes gobiernos municipales si los medios de comunicación no exigen a los postulantes planes y programas, y equipos técnicos idóneos. Las ciudades contemporáneas son espejos de las sociedades que las motivan. La vida de un humilde vecino de Lima, Huancayo, Piura, Chimbote, Huaraz, Ica o Cajamarca, o de la mayoría de nuestras ciudades, lejos de encarnar una realidad democrática en vías de desarrollarse, la muestra precaria, estancada e insatisfecha.

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